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Ovellocorvo

sábado, junio 18, 2005

Padres

Una mujer y un hombre, unidos por amor, forman misteriosamente la unidad más fecunda que uno pueda imaginarse. Si inexplicable son las razones y los mecanismos que desatan esa atracción mutua, singular e individualizada, que nos lleva a amar a una persona específica (y no a otras); que transforman nuestra alma, despiertan nuestra sensibilidad y nos empujan a ver la realidad desde otro ángulo, ¿qué diremos de la fuerza y fuente inagotable de permanencia y perdurabilidad que acompaña siempre a esta unión?

Unas pruebas de este impulso de perdurabilidad pueden ser: la desbordada tentación de los jóvenes enamorados a grabar en árboles, en puertas y en paredes ... sus nombres unidos o no en un corazón. Se ama para siempre y ello tienen que saberlo todos; ha de quedar grabado en la memoria de todos, en el entorno y en la historia de la misma manera que queda impreso en el fondo de nuestra conciencia. Otra son esas expresivas y exageradas expresiones efusivas que rozan, a veces, el exhibicionismo. Ese impulso de permanencia empuja a los enamorados a contraer matrimonio pública y ostentosamente: la promesa de amor eterno que tantas veces se han dicho y repetido al oído quieren hacerla pública ahora ante la máxima autoridad religiosa de su comunidad, en el edificio más emblemático e importante de la villa, ante familiares y amigos. "Nos queremos y nos querremos por todos los días de nuestra vida y nos prometemos amor, fidelidad y ayuda en las alegrías y en las penas hasta que la muerte nos separe"

Y la fuerza generativa de esa unión afectiva y personal tiene su culminación en el milagro de la descendencia. Los hijos, bendición de amor, son consecuencia y fruto natural lógico de ese cariño. Son la concreción más explícita de esa ansia trascendente de permanencia y de perdurabilidad, la realización concreta de la ecuación "serán dos una misma carne". Confluencia de sueños, de intereses, de esperanzas, de genes, de ansias de eternidad. personificadas en esa ansiada descendencia. Tan relevante es la llegada de un hijo que la estructura familiar se modifica, los lazos de afecto se reestructuran y la relación yo-tú o tú-yo que había dado origen a esta célula de sociedad se transforma en tú-hijo - yo / yo-hijo - tú que requiere una nueva adaptación y un paso nuevo en la evolución hacia la madurez de la familia.

Dicen que hay parejas que se quieren mas no sienten necesidad de hijos. Es posible... como también es posible un cielo sin estrellas, un mar sin ondas, un río sin la corriente ininterrumpida de agua... ¿Por qué no ha de serlo?, pero yo, si me encontrase con un cielo sin estrellas buscaría una inmensa escalera para subir a pintárselas, y ante un mar sin ondas me adentraría en el desierto con un cubo de agua en la mano para alimentar un minúsculo riachuelo.

¡Ay, Señor, qué decrepitud la nuestra que no logra dar otro sentido a los términos amados!



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