Enrique
¡Que no están los tiempos para esto! Que la aspiración mayor de cualquier joven, chico o chica, es hacer una carrera rápida y encontrar un trabajo bien remunerado para poder vivir a todo tren. Y si fuese posible incluso sin carrera; lo importante es tener medios para disfrutar y poder deslumbrar a los conocidos con nuestros relatos de logros, viajes ... De ello saben mucho nuestros padres, los profesores y todo el que consulta los estudios sobre la educación: cada día se rehuye más el esfuerzo, la voluntad está floja y el espiritu de sacrificio reñido con el sentido común. Por ello, cuando alguien consigue sacar adelante una carrera difícil, merece nuestro respeto y admiración; si además consigue un trabajo estable y bien remunerado, ya sentimos confusión y envidia; si reúne además los valores de juventud y distinción... ¡vaya partido!
En tiempos de tribulación, de materialismo y de cultivo desaforado del hedonismo, la sensatez está de saldo, la responsabilidad desacreditada y la fe prohibida. ¿Cómo admitir en la era del raciocinio, del avance científico, algo tan arcano como las creencias? ¿En cabeza de quién puede entrar una historia tan infantil? ¿Cómo contraponerla a los descubrimientos de la ciencia, ahora que ya hemos sintetizado las más complejas moléculas y descifrado el genoma humano? ¿Quién alcanza tal grado de estupidez? Habría mucho que hablar sobre esto, y proponer una revisión minuciosa de lo que dice la ciencia a propósito de sus avances y descubrimientos, en términos estrictamente científicos, no peridísticos o sensacionalistas; pero no forma parte del tema presente.
Llega a mi conocimiento, la historia de un joven, Enrique, de unos treinta años, estudiante de provecho, flamante ingeniero de telecomunicaciones, empleado en una sociedad multinacional y con una nómina sustanciosa que, tras pensarselo bien, deja todo para ingresar en un seminario.
¿Un tipo raro? A tenor de los parámetros y de los valores de la desnortada sociedad actual se podría pensar que sí; mas si reparamos en algunos detalles, deberíamos ajustar nuestra apreciación. Tendemos a pensar que la gente que deja el mundo y su regocijo se siente fracasada, desencantada, desesperada y, permitidme que lo diga, me parece que nada hay más lejos de la realidad. ¿Por qué yo, que no hice una carrera difícil, me voy a arrogar la capacidad de comprender mejor la realidad que él? ¿Por qué ha de presuponérseme más destreza en analizar todos los ángulos de una realidad vital? ¿Cómo negarle destrezas para resolver los problemas cotidianos de la vida y de relación interpersonal a quien ha sabido desempeñar brillantemente sus labores profesionales en el seno de una corporación foramndo parte de un equipo humano y con responsabilidades técnicas, ejecutivas y de colaboración? ¿Por qué no admitir otras razones que nuestra mente no valoraría lo suficiente?
No son, Enrique, y otros muchos que ejercen análogas opciones, tipos raros, ni nada de lo que se nos pueda ocurrir para explicar lo que para nosotros resulta incomprensible; son, mas bien, personas sabias, integras y generosas que han sabido valorar los distintos caminos y funciones que nos destina la vida, obrar consecuentemente con sus ideales y ofrecernos, generosamente, su ejemplo y su contribución, en labores que no tienen reconocimiento ni recompensa entre nosotros. Ante casos así tenemos que ser repetuosos y mostrar nuestra gratitud a quienes son capaces de moverse por los valores e ideales que dieron origen a nuestra civilización.
